Lo veía y no lo creía. Me encontraba con mi hija en las rebajas de unos grandes almacenes. La criatura deseaba gastar una tarjeta por valor de cien euros que le había regalado una amiga. Sin embargo, a medida que se desplazaba por aquella infinidad de expositores atestados de camisetas, pantalones y abrigos, la desilusión más desoladora se apoderaba de ella. Al final, tras diez minutos de errático vagar entre cuerpos buscadores y artículos buscados, me dijo: «Pero todo es carísimo... En Florida es mucho más barato». Sospecho que mi hija no cambiaba mentalmente los precios en euros por dólares sino que consideraba que ambas monedas estaban a la par. Con todo, aunque se hubiera dado esa circunstancia, lo que acababa de decir era innegable: hasta en rebajas, la ropa era mucho más cara –y no mejor– en España que en Florida. Ésa es una de las razones que mi hija podría aducir para sostener que si existe algún lugar parecido al paraíso se encuentra en la península de la Florida. Los motivos adicionales no son escasos. Ya que hemos comenzado por la vestimenta, continuemos por otro artículo de primera necesidad como los alimentos. No sólo es que los restaurantes de Florida son mucho más baratos que los españoles, es que además la comida es excelente y abundante. Hace años que no consigo terminarme un sólo plato lo mismo si se trata de carne, marisco o dulce. ¿Y la vivienda? Ay, casi no me atrevo a decirlo, pero encontrar un techo resulta mucho más fácil –y económico– que en España. De hecho, una parte no desdeñable de la denominada crisis de las subprime ha derivado del hecho de que los compradores que tenían una hipoteca de, digamos, trescientos mil dólares, al encontrar una casa similar por cincuenta mil dólares menos, se presentaban en el banco, informaban al empleado de que se cobrara con el inmueble y se compraban el otro igual en metros y prestaciones, pero más barato. Esa eventualidad multiplicada por centenares de miles de personas resulta ruinosa para cualquier banco aunque –lo comprendo– cueste imaginarla en España. Y no se trata sólo de bienes materiales. En Florida –por ejemplo, en lugares como Miami– puede asistirse a más conciertos y actos culturales que en cualquier ciudad de España, quizá con la excepción de Madrid. Lo mismo puede decirse de cines o de librerías que, por cierto, muchas veces son gigantescos almacenes del libro, del cine y de la música. Y por si alguien busca un alimento aún superior, el que arranca de nutrir el espíritu, Florida sigue siendo un lugar envidiable. Los católicos cuentan con iglesias que van del lefebvrismo al aperturismo; los protestantes disponen de lugares de culto de la práctica totalidad de las denominaciones y los judíos pueden hallar desde rabinos reformistas a hasidim. Claro que si prefiere una secta, todas y cada una disponen de representación. Una última palabra sobre el clima. En verano, hace calor y en invierno, la temperatura es templada, incluso con un poco de suerte puede descender hasta los diez grados centígrados, pero no cabe engañarse, con el aire acondicionado se pueden lograr verdaderas maravillas y siempre existe la posibilidad de ir a la playa a bañarse o salir al mar a navegar. Sí, confieso que no suscribo aquella esperanza de los primitivos exploradores españoles que recorrieron Florida en busca de la fuente de la eterna juventud, pero si en la tierra existe algún lugar semejante al paraíso lo más seguro es que se encuentre en este estado –el cuarto– de la Unión.
