Acabo de leer un libro sobre Jonh Coltrane, a propósito del todavía reciente 40 aniversario de su muerte, y he vuelto a poner en el aparato de música su mítico álbum «A Love Supreme», ahora remasterizado y con un sonido verdaderamente diáfano. Y me pregunto adónde habría podido llegar su música de no haber muerto tan joven y con sólo quince años de carrera. Es imprevisible, pero supongo que lejos, pues lo que nos legó fue mucho y su obra sigue siendo moderna, inalcanzable, sigue siendo versionada y reinterpretada en discos y conciertos, sigue siendo admirada por los jazzeros de todo el mundo. Coltrane murió, pero dejó un legado intenso y revolucionario. Sacó al jazz de los burdeles y lo metió en los estudios. Rompió con las drogas y se abrazó a la espiritualidad. Pero las drogas le dejaron secuelas por todo el cuerpo, que al final le acabaron matando.
A Coltrane le llamaban «Trane» porque los solos de su saxo, probablemente lo que más le define, recordaban el paso arrollador de los ferrocarriles. Trane inventó la música continua. Sus temas duraban entre 30 y 40 minutos. «A Love Supreme», su disco cumbre, es una suite de varios movimientos construida sobre cuatro únicas notas. ¿Alguien se imagina lo que es soplar un saxofón durante una hora seguida? Coltrane lo hacía sobre un escenario sin perder la melodía, improvisando sin parar. Se ha dicho de él, y con razón, que utilizaba el saxo para hablar. Es verdad. Cuando lo escuchas con atención parece como si recitara, como si rezara, como si implorara, como si llorara. Como si dialogara con el público o con otros instrumentos. Intentó imitar la voz humana y casi lo logró. Un cáncer, hace ya algo más de cuarenta años, lo fulminó en unos días y le impidió culminar su espléndida trayectoria.
Jonh Coltrane tocaba con su mujer al piano y se formó con Thelonious Monk y con Miles Davis, pero abandonó a éste antes de su deriva hacia el jazz eléctrico. Davis hizo lo mejor de su música con Coltrane y con Bill Evans, aunque un día decidió que había que cambiar y se adentró en la selva del jazzrock con Herbie Hancock, John McLaughlin y otras figuras del convulso mundo del electrojazz, en el que brillaron Chick Corea, Stanley Clark y Jaco Pastorius, reputado bajista de una de las mejores bandas de los sesenta, Weather Report. El jazz-rock era y es estresante, nervioso, ruidoso, excesivo. No así el sonido Detroit de la Motown, otro ahijado del jazz, que parió a Stevie Wonder y a Marvin Gaye, a Smokie Robinson y a Diana Ross, a los Temptations y a Rare Ear, grupo que triunfó con Get Ready, un soberbio tema de treinta minutos, al estilo Coltrane. En la Motown todos sonaban parecido, con un fondo de blues, con un fondo de jazz negro americano fusionado con la música electrónica de los blancos. Con un fondo de Coltrane.
Ahora se hace buen jazz, desde luego. Pero el saxo de Trane nadie lo ha superado. Murió con las botas puestas, como suelen morir tantas veces los músicos de jazz, la mayoría de las ocasiones de viejos. Así ocurrió con Ray Brown, uno de los grande maestros del contrabajo, marido de Ella Fitzgerald, que falleció en la habitación del hotel cuando descansaba en plena gira. Y el incombustible Elvin Jones, egregio batería de Coltrane, que nos abandonó hace no demasiado tiempo con casi ochenta años, tocando hasta el último día. Meses antes de morir lo vi actuar dos veces en España, en San Sebastián y en Madrid, y tocaba a Coltrane y hablaba pausadamente de la música de Coltrane. Como hay que recordar a aquel mito negro de la música negra que entusiasmaba a los blancos y tocaba el saxo como los ángeles.

40 años sin Coltrane
