Nace en Barcelona en 1956, de padre catalán y madre cubana. La pareja se ve obligada a emigrar a Suiza cuando Juan Carlos Torres apenas tiene tres años. Poco se imaginaba su progenitor, carpintero de profesión, cómo le marcaría ese viaje. En la cuna del reloj de lujo, ingresa con 25 años en la plantilla de la firma, de la que hoy es su primer ejecutivo, además de un amante del esquí, el motor, la música clásica y el cine.
-¿Dónde cree que reside el secreto de la firma?
-Un modelo de Vacheron Constantin es el museo más pequeño del mundo, capaz de reunir 250 años de historia. Su dueño busca algo hecho a mano, en materiales que perduran, por una de las dos o tres empresas con mejor técnica del mundo.
-Usted fue una figura fundamental para la integración de la firma en el grupo Richemont, donde comparte protagonismo con Cartier, Piaget o IWC, entre otras.
-Richemont es la unidad de muchas casas con autonomía en distribución, marketing y comunicación. Lo único que exige el grupo es control sobre las finanzas. Hablo con Richemont sobre dónde queremos estar, pero no sobre porcentajes de crecimiento.
-¿Y qué ha supuesto su entrada?
-Vacheron Constantin contaba con reconocida valía técnica, pero necesitaba impulso comercial para entrar en los mercados como Hong Kong, Japón, Italia o América.
-¿Cómo ha cambiado la alta relojería?
-Nuestro François Constantin fue el primer relojero que, en 1819, visitó Italia, Rusia o China con el muestrario bajo el brazo. Regresaba con cultura y eso está en el espíritu de la marca.
-El precio mínimo para lucir un reloj de la firma en la muñeca es de 7.000 euros... No es competitivo.
-No puedo poner Vacheron Constantin sobre un modelo de 2.000 euros y decir que está hecho a mano. Va contra la filosofía de la firma.
