eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) se reinventa a sí mismo. Y de qué manera: poniendo en solfa los thrillers históricos y la novela negra de la mano de un Jesús de Nazaret niño y entrañable, que cumple con atrevimiento en el papel de Watson. Eso es: de ayudante de Pomponio Flato, el inmarcesible protagonista creado por Mendoza encargado de investigar una falsa acusación de asesinato que recae en el mismo José, carpintero de Nazaret, bajo el gobierno de Herodes Antipa. «No es un libro sarcástico, ni con mala intención –explica–. Aunque pueda parecer que entra en un terreno donde aparentemente no debería hacerlo la ficción, y menos la humorística, no es de modo alguno, pese a su irreverencia, un libro que pueda ofender a nadie. Es una broma honesta y afectuosa para todos, sean cuales sean sus creencias. Si algo lo define es que es un buen rollo». Un delirio: pero divertido y gozoso. Mendoza recurre a sus lecturas de Plinio el Viejo y Estrabón para jugar con los evangelios apócrifos. «No se saben muy bien cuándo fueron escritos ni por quién, son disparates bienintencionados. Yo he aprovechado algunos episodios y he inventado otros. ¿Por qué no? Ahora está muy de moda escribir sobre los secretos de Jesús o los apóstoles. Y pensé ir directamente a reescribir la fuente. Será menos espectacular, pero más curioso».
Y ahí es nada, va a la fuente, rompe el cántaro y salpica: «Un detective siempre debe tener su pareja. Yo creo que hago una aportación al género porque un filósofo romano que tenga en el niño Jesús a su Watson tiene su cosa... y además me servía, sin pretensión ninguna, para comparar la filosofía pagana y la filosofía judeocristiana». Y a ello se presta el pomposo Flato, viajero y ciudadano romano, atacado por continuos gases intestinales en su búsqueda de las aguas de la sabiduría: «Es un romano politeísta, defensor de la razón y de la filosofía, enfrentado a unos fariseos y a unos sumos sacerdotes del templo, que tienen una forma de entender la ley de Dios muy rígida. Su discípulo y acompañante, el niño Jesús, está a caballo, rebotando entre los dos. Y algo de eso hay en las enseñanzas evangélicas», señala desenmascarándose con el rostro serio. Hasta ahora, como en la novela, Mendoza sonreía pregunta a pregunta: «Me he divertido mucho. Sobre todo con la idea original de los protagonistas de la historia. Y porque es un disparate del principio al final y no tiene otra pretensión que ser un divertimento». Es también un libro excéntrico. «Porque como “Sin noticias de Gurb” lo escribí sin pensar que estaba escribiendo un libro. A veces escribo un libro y a veces hago un libro, como quien hace un solitario o un crucigrama». Una perfecta radiografía de su amplia trayectoria: del introspectivo al atávico, de «La verdad del caso Savolta» a «La aventura del tocador de señoras».
Por: Juan Carlos Rodríguez
