

La vida no lo ha maltratado. Fueron el alcohol y las drogas quienes han ido mermando el talento y la creatividad de Saint Laurent, así como sus malditas depresiones. Sin la fuerza que le han inyectado la moda y el aplauso de sus incondicionales a lo largo de cuarenta años, ya no estaría entre nosotros. Tampoco si el sagaz empresario y su pareja Pierre Bergé no hubiera vigilado cada uno de sus pasos, apoyando económicamente su firma, tiempo ha que se hubiera desintegrado. Es más, en una inmensa medida, YSL ha sido uno de los grandes por la cabeza pensante de Bergé.
Este admirador de Proust, algunos de cuyos pasajes vitales se asemejan mucho a los del literato, vino al mundo en Orán (Argelia), en agosto de 1936. Pronto empieza a demostrar su valía, como cuando en París, con escasos 18 años, logra ganar el Concurso de la Secretaría Internacional de la Lana. Tres años más tarde, tiene el privilegio y a la vez la suma responsabilidad de sustituir al recién fallecido Christian Dior, de quien hasta entonces había sido su ayudante. Permanecerá un lustro.
En 1962 presenta su primera colección femenina, tras haber creado junto a Bergé la casa de alta costura Yves Saint Laurent. Nuestro protagonista echó por tierra aquello de que el que lleva los pantalones es el hombre, así como quien viste esmoquin en los actos nocturnos de mayor postín. A sus amazonas, las enfundó también en saharianas –hace justo ahora cuarenta años–, porque estaban dispuestas a adentrarse sin temor por cualquier frente de la selva de la vida. Quizá por aquello de que, como él mismo se apresuró en señalar, «nunca está más femenina una mujer que cuando se viste de hombre».
Amigo de primera hora de Catherine Deneuve, a quien muchos han tomado como musa del creador; corona que ésta ha tenido que compartir con Loulou de la Falaise, hoy dueña de la firma de moda que lleva su nombre; y Betty Catroux, icono de los setenta. Los desfiles de Saint Laurent eran un derroche de color y buen gusto. Las propuestas, como las de cualquier grande, reconocidas de inmediato. Se palpaba su sello en sus impecables vestidos, sus trajes chaqueta... y por supuesto su irrepetible esmoquin, que crea en 1966, pero que fue reinventando en muchas de sus colecciones. Además, diseñó para cine, teatro, ópera y ballet.
Como es sabido, otro terreno en el que se ha manejado como pez en el agua ha sido el de las fragancias. Desde Y, la primera que vio la luz, pasando por Rive Gauche, Opium, para cuya publicidad posó desnudo; Kouros, YSL, Paris..., sin olvidar aquel polémico Champagne, que más tarde hubo que rebautizar como Yvresse, y cuya publicidad rezaba: «Un hommage aux femmes qui pétillent» (Un homenaje a las mujeres que burbujean).
En varias etapas de su vida la fuente de inspiración ha sido en gran medida el mundo de la pintura, el de genios como Mondrian, Picasso, Matisse o Warhol, que le han ido haciendo merecedor de reconocimientos: los óscars Neiman Marcus y Harper's Bazaar, el International Award of the Council of Fashion Designers of America, el óscar de la Moda, la Legión de Honor gala... Pocos galardones se le han resistido, como ciudades que le han consagrado retrospectivas.
Hasta el próximo 29 de abril, la Fundación Caixa Galicia le dedica una interesante exposición en La Coruña, la primera de estas características que tiene lugar en España. Mucho antes, grandes ciudades internacionales como Pekín, Nueva York –fue el primer artista vivo que exponía en el Metropolitan, San Petersburgo, Tokio... y por supuesto París, donde radica la fundación que lleva el nombre de Pierre Bergé y el suyo propio, lo habían homenajeado, pero jamás nuestro país. Ya era hora.
Hace años afirmé que el triángulo de la moda del siglo XX ha tenido tres grandes nombres: Balenciaga (en la punta) y Coco Chanel y Saint Laurent en cada uno de los extremos, por la gran aportación de este trío. Qué suerte que Yves continúe entre nosotros. Alguien podría preguntar –y con razón– ¿por qué no sigue en la brecha? La respuesta la daba días antes de su marcha: «El nuevo mundo de la moda, que no es más que el del estilismo, me resultaba extraño. Se han eliminado la elegancia y la belleza». A lo que añadía, además, aquello de que «soy un hombre del siglo XX, no del XXI». Como Balenciaga, Givenchy, Scherrer, Rabanne, Ungaro... y recientemente Valentino, cerró por ello un ciclo. El suyo.
Por Abraham de Amézaga. Fotos: Fundación Pierre Bergé- Yves Saint Laurent