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Nos aproximamos a Leonor Watling con la sensación de encontrarnos ante un personaje atípico en el panorama artístico español. Porque a veces, más que una actriz, más que una cantante, parece un producto de la imaginación literaria. Con esa piel nívea casi transparente, el óvalo del rostro hecho con exquisito compás, los grandes ojos oscuros donde se adivinan profundidades y misterios abismales. Cualquiera diría que es la idea de la quintaesencia del romanticismo, una heroína novelesca del siglo XIX entre sentidos y sensibilidades o cumbres borrascosas. Tanto como que no valdría para novia de España, que es un papel que requiere unas carnes más raciales y palmeras en la alegría modosa. Ella da más el tipo de esa chica callada de la clase con la nariz clavada en los libros con la que ir al cine, o a recitar poesías en el parque entre las flores, remando en el estanque mientras los cisnes atacan la barca a mordiscos. Con esa naturaleza que tienen algunas andaluzas blancas y mórbidas de ser de otro mundo, como extranjeras de sí mismas y de lo que les rodea, aunque la porcelana guarde en su interior vino peleón.
Luego resulta que la exquisitez distante no deja de alimentarse de una belleza cómplice y cercana, con el gusto si hace al caso de la irreverencia, el humor y la espontaneidad descreída. La chica con la que se puede ir a compartir copas, risas, ocurrencias y dejar la cabeza olvidada en el ropero. Con la inquietud incansable de quien quiere ver y vivir todo lo que le venga, con la sabiduría que ofrece una constante capacidad de sorpresa.
La encuentro en el café tal cual, con la cara lavada que envuelve y acaricia el humo del cigarrillo, entre volutas de espontánea simpatía. Ropa casual, pelo recogido, manos bailarinas. Con los 30 cumplidos, más allá del principio, o del fin, de la inocencia. Me pregunto por el cuento de su infancia.
-Mi infancia son recuerdos de las espaldas de mis hermanos, mientras yo gritaba: «¡Esperadme, esperadme!». Nací tarde, y siempre tenía la sensación de llegar tarde, persiguiendo un mundo que se me escapaba. Acabé entonces haciéndome un mundo propio, lleno de piezas de Lego, construyéndome ciudades y castillos a mi gusto. En mi familia se respiraba mucha cultura, mucho conocimiento, mi padre y mi hermano mayor eran mis ídolos, pero a la vez era muy muda, poco dada a elogios ni al aplauso. Pero había un enorme amor entre nosotros, que ahí se queda. Yo por mi parte lo quería ser todo. Arquitecta, ingeniera, desde monja a puta, o científica estudiando universos desconocidos con el microscopio. Eso en el fondo es lo que me ha llevado a ser actriz.
-Siguiendo pistas, sus pasos le llevaron a la danza. No es difícil imaginarla con su calidad etérea interpretando «El lago de los cisnes», pero la vida tiene muchos tropiezos.
-Desde niña me gustaba bailar. Donde fuera, empezando por el salón de mi casa. Siempre me ha gustado esa sensación de controlar el cuerpo sobre el espacio y el tiempo. Comencé a estudiar ballet clásico, con la sospecha de que no iba a pasar de cuarta regional. Me pasé dos años dándome golpes con todos los quicios de las puertas. Hice pruebas con Nacho Duato, pero me faltaban o sobraban 15 centímetros, tanto de alto como de ancho. Una lesión en la rodilla me hizo abandonarlo. ¿Trauma? No. Mi trauma a lo mejor fue repetir BUP. Siendo una niña chiquitita y buena, habituada a las buenas notas, y de pronto unos suspensos que te descolocan a los 13 años. Pero el cuaderno tiene un tachón y ya da igual. Te lleva a la aventura. Te dedicas a ver y olvidar. Nunca he tenido una mente analítica. Soy muy dispersa, pero el hecho de descarrilarte te hace encontrar la libertad.
-De ahí a atravesar el espejo y adentrarse en los laberintos de la interpretación.
-A los 15 años empiezo a estudiar arte dramático con Juan Carlos Coraza. Me llama Pablo Llorca para hacer «Jardines colgantes», y descubres que sales de colegiala para que en un plató te traten como a una adulta. A partir de ahí te entregas a la perdición.
-Una Leonor que no busca más método de trabajo que un jugoso y enriquecedor encuentro con la experiencia.
-He estudiado aquí, y en Londres. No dejo de estudiar, preguntándome sobre la naturaleza del actor y su objetivo. Quizá es ponerte la marca y no tropezar con los muebles, o sobre todo hablar con el director, como una partida de tenis donde te devuelves la pelota, o seguir el guión. Como dice Mamet, si algo está bien escrito no puedes hacer nada para elaborarlo. Yo soy muy soldado, sigo las pautas, que aunque parece fácil, no lo es. Pienso en la interpretación como una forma de darle tu personalidad a la partitura, que ahí está. Puede parecer un trabajo intangible, y a veces es difícil justificar lo que te pagan. Es un esfuerzo de equipo, donde se pone en marcha el motor de las emociones y en una carrera de 100 metros te llevan a la meta y tú eres la que sales en la foto-finish. Sabiendo que una buena actuación no puede salvar una mala película.
«Soy tímida e insegura»
-Y con todos sus premios, sus trabajos con Felipe Vega, con Mercero, Almodóvar, Oristrell, Coixet, Aranda, Ray Loriga, con Alessandrin o Bonder en el extranjero, y ahora con Alex de La Iglesia, sigue mirándose en el reflejo de sus dudas.
-Soy muy tímida, y por supuesto insegura. Depende del día. Me alimento mucho de mis inseguridades. Las dejo crecer y las riego. Cuando han crecido demasiado, llamo a algún amigo. Por fortuna los tengo muy buenos. Hay días en los que me miro y otros en los que no me miro. Me suelo ver rara. A veces quieres ser la chica de la foto que te sacan, sabiendo que no lo eres. Veo una vez mis películas y sobre todo me fijo en el trabajo de los demás. Narcisismo tengo poco, aunque sabes que estás expuesta a tu imagen y te acostumbras a ser mirada. Hay que marcarse un sistema de autorregulación en este oficio, que es esa balanza en la que un día de crítica equivale a siete de halagos.
-¿Pero hasta dónde llega el vértigo de un oficio siempre a expensas del precipicio en el ojo público. Eso que llaman el calor, o el frío del respetable, que puede ser tan cruel como amoroso? La fórmula del arte siempre en la cuerda floja, con red o sin red.
-Los otros son muy importantes. El público lo veo muy lejos. Es lo que hay. Lo necesitas, pero a la vez no tengo hambre de él. Me nutre más mi entorno. Soy muy solitaria. Mi ideal es una casa muy grande con mucha gente interesante que habla para luego poder encerrarte en tu habitación si te da la gana. Puedo aislarme o entregarme según el momento. Tengo suerte de conocer a gente con inteligencia que está presente sin estar encima. Me doy cuenta de lo que pasa a mi alrededor, pero me concentro más en lo mío.
-Tal vez es esa faceta de la Leonor de luces y sombras, que se esconde o se muestra, que se viste y se desnuda, o que, según una declaración, aceptó el papel de la serie «Raquel busca su sitio» porque a los 10 minutos de guión el personaje se acostaba con un desconocido. La actriz sin trabas.
-Estoy en ese umbral todo el tiempo. Soy a la vez pudorosa y contrafóbica. Dentro de un contexto, tienes excusa para perder la vergüenza. No me importa desnudarme ni interpretar escenas fuertes. Puede que lo haga con esa distancia que me viene de mi parte inglesa, que sirve para proyectarte sin involucrarte en serio. De todos modos, hablar de uno y de sus reacciones es difícil. Prefiero no prejuzgar nada. Estoy abierta a todo. Lo que no me gusta es no saber. En el fondo, lo que más pudor me da es un llanto desatado.
«Mi armario es un caos»
-Que por su parte nos devuelve a esa atmósfera de distinción rara que nos la muestra como un ser aparte en el batiburrillo y tabla rasa de artistas en el reparto nacional, sin acabar de saber si es su virtud o su maldición.
-Siempre creo que voy equivocadísima en mi estilo. No sé lo que es transmitir elegancia. Mi armario es un caos. ¡Ya me gustaría tener una naturaleza con clase! Aunque sí soy visual. Me gusta la estética de los 40, los 50, el cine de la Nouvelle Vague. Pero prefiero tener un personaje fuera de moda. Creo que cuando te obligas a seducir es como querer ser gracioso sin saber contar un chiste. Lo mismo me pasa cuando dicen que doy imagen de actriz culta, porque al momento pienso que baja el listón de la cultura. Me conformo con disfrutar de lo que encuentro, ya sea cine, literatura, pintura, música, arquitectura, o cualquier cosa que te sirva para sentirte más a gusto.
-Lo que nos lleva a su faceta de cantante con su grupo Marlango, el nombre de la musa de Tom Waits que siempre vestía de angora, que viene al pelo para la voz aterciopelada y la suavidad gatuna de Leonor, con su música para minorías de éxito multitudinario.
-Siempre me ha gustado cantar, a la vez que de interpretación, comencé con clases de voz. Con Alejandro encontré un alma gemela. Nos gusta la misma música, la mezcla entre el jazz, el soul, la bossa nova, el pop evolutivo, el cabaret, un poco de todo. Para mí es un plus de placer, lo haría aunque me lo prohibieran. Componemos en inglés porque en principio me sale más fácil, pero no descarto algún día cantar en español.
Mientras, su último disco, «Electrical mornings» (Universal), como ese vértigo a la hora del alba, ya nos envuelve con su ritmo mágico, mientras la presencia de la Watling nos electriza en su última película, «Los crímenes de Oxford», un thriller de angustias y terrores salido de la imaginación sorprendente de Alex de La Iglesia. En el tiempo del temporal de las sensaciones, donde nos hechizamos como en el poema de Edgar Poe: «Nevermore, beloved Leonor».

Por Jorge Berlanga

Leonor Watling
«Para mí cantar es un plus de placer»

La actriz posa entre bambús con un traje de MOSCHINO. Para el rostro, el maquillador oficial de ARMANI COSMETICS ha empleado el maquillaje hidratante Designer foundation nº 5,5; lápiz de ojos negro Eyenpencil nº4 por dentro; y, por fuera, la sombra Eyeshadow nº 4. El aspecto natural de los labios se consigue con el Lip pencil nº 10. Después, los han iluminado con el brillo transparente Shine lip gloss nº0