Cuando la radio dominaba en España y la imagen existía en blanco y negro en
las cámaras de los fotógrafos y el NO-DO, el llorado Matías Prats era la voz
de los toros y el fútbol. Después la imagen aterrizó en los hogares de la
clase media con el aparato catódico, y don Matías siguió siendo LA VOZ, con
esa «z» que se le resistía desde sus pinitos en RNE de Málaga y que
magistralmente camuflaba de «f». Aquel sabio de la vieja escuela de grandes
locutores como Bobby Deglané o José Luis Pécker no fue sólo uno de los
padres de la radio moderna, sino de uno de los periodistas que se ha sentado
en nuestras mesas desde niños para contarnos deportes y noticias con la
naturalidad del amigo en quien confías y la seriedad del tutor al que
respetas. Matías Prats júnior es ya senior, y en esta madurez profesional le
ha tocado con más fuerza que nunca el éxito rotundo. Su noticiero de Antena
3 arrastra a la audiencia. Matías lo digiere con sencillez asombrosa, porque
no se identifica con el periodista líder y tan valorado por la calle. Es
amante de la discreción, de vivir su familia, aunque lamenta que en nuestra
profesión, aquí en el Ruedo Ibérico de las Españas, se siga la política
inversa a la que en EE UU mantienen las supercadenas: los veteranos
comunicadores son sus mascarones de proa hasta edades impensables. Sin
embargo no quiere ser Larry King y enfoca su ilusión en la tercera
generación de Matías Prats, que viene con fuerza desde Radio Marca su hijo,
la continuidad de la saga de LA VOZ. Y quien tampoco nada esconde es
Patricia Conde, que se desnuda de alma como una chica pizpireta, divertida,
ingeniosa y atractiva que les lee la cartilla a los programas del higadillo
desde La Sexta, porque sabe lo que hicieron la última semana y ella sabe lo
que se hace y se trae entre manos sin locuras ni cantos.
Nos vemos a la vuelta del verano.
