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Su toreo desprende majestad, armonía, aroma. Grandeza de verdad. José Mari, hijo de una máxima figura del toreo como fue Manzanares, no sólo ha heredado de su padre el nombre en los carteles, sino también su gusto y su porte. El buen hacer en la plaza. Destaca entre una nueva generación de toreros por su empaque y elegancia, una hornada que pretende la hegemonía de los ruedos por la esencia clásica a la vez que aporta modernidad y aperturismo a un mundo endogámico.
-¿Cómo está de salud, torero? Porque por segundo año consecutivo ha tenido que cortar la temporada.
-Ahora mismo muy bien.
-¿Qué es lo que le ocurre?
-En esta ocasión, una infección que venía arrastrando a consecuencia de la enfermedad del dengue, que cogí por la picadura de un mosquito en 2007. Esto hizo que me bajaran las defensas. La infección la detectaron en marzo, pero, por no tomar antibióticos mientras toreaba, preferí esperar. Fue a más y en septiembre ya no pude continuar.
-Ahora que está recuperado, ¿cómo afronta la temporada que se avecina?
-Encerrado en el campo, concentrado y entrenando. Y con mucha ilusión, porque a pesar de los problemas que he tenido de salud, las temporadas anteriores han sido muy exitosas.
-Mantiene un idilio especial con Sevilla, y de hecho fue el triunfador de la pasada Feria de Abril.
-Desde mi debut, esa plaza ha sido muy especial. La ilusión y la motivación con la que voy a torear ahí son diferentes. Sé que la gente va con ganas de verme. En otras plazas vas con la presión de tener que triunfar. A Sevilla voy a disfrutar.
-¿Cuál es su reto?
-Ir mejorando día a día y encontrarme a gusto en la cara del toro. Que todo el sacrificio del invierno me sirva para mantener una regularidad, que es lo que más se valora.
-Dice que hace muchos sacrificios.
-Con veintitantos años, la gente disfruta de sus amigos, de su familia y de su novia. En mi caso renuncio a todo. Vivo en el campo apartado del mundo y entrenando siete horas diarias. Es una vida bonita, pero muy dura.
-¿Qué hace falta para alcanzar el estatus de figura de toreo?
-Muchas ganas, gancho con el público, sacrificio y vivir por y para el toro. La fuerza de voluntad es muy importante. No despistarte nunca. La clave es prepararse muy bien, que es lo que te da la seguridad.
-Las crónicas hablan de su majestad para entrar y salir de la cara del toro y la comparan con la que tenía Ordóñez. ¿Se ha mirado en su espejo?
-Sobre todo en mi padre. Para mí ha sido el mejor torero. Mi padre siempre ha bebido de las fuentes de Ordóñez. Él me ha transmitido ese concepto. Luego, yo tengo mi personalidad propia.
-¿Cómo es la relación con un padre con el que compartió cartel antes de que se retirara?
-Extraña. Tenerte que ver con tu padre en un patio de cuadrillas hace que se mezclen las ilusiones con el miedo. La relación profesional ahora mismo es de exigencia y de cambio de impresiones. Intento aprender lo máximo de él.
-¿Qué vertiente ha admirado más de él?
-Como torero, por sí mismo, infunde mucho respeto. Y, como padre, ha sido muy cariñoso.
-¿Con quién le gustaría medirse?
-Hay muchísimos toreros que admiro y con los que me gusta torear: Alejandro Talavante, Ponce, Perera, El Juli, Castella, Morante, Finito… con El Fandi.
-¿Y José Tomás?
-Pues también, lo que pasa es que es una persona que elije los carteles.
-¿La Fiesta vive un momento cumbre?
-Sí, y no sólo en cuanto al número de toreros, sino a la calidad. Cada uno tiene su personalidad.
-¿En qué marca la diferencia usted?
-Intento torear como siento y evadirme. Soy una persona muy transparente y cuando no estoy a gusto se me nota. Mi toreo está basado en la en la entrega y en la pureza.
-Hay pocos aficionados jóvenes...
-Habría que abrir un poco más el mundo del toro de cara a la sociedad para que poco a poco la gente vaya conociendo el toro, el mundo de la ganadería, intentar enganchar a los jóvenes de esa manera.
-¿Cómo ve el papel de los medios?
-Los hay indocumentados que tratan muy mal la Fiesta y dicen cosas que no son verdad. Hay otros que la tratan bien a nivel informativo. Lo que da pena es que en los telediarios sacan más las cogidas que los triunfos. Buscan el morbo. La Fiesta Nacional es algo nuestro y deberían dedicarle más tiempo y mejor tratamiento.
-¿Los toreros jóvenes están abriendo las ventanas de un mundo muy cerrado? A usted y sus coetáneos se les puede ver en posados para revistas de tendencias, en desfiles de moda…
-Eso es bueno, siempre que se haga con respeto y con gusto. Así se va extendiendo el mundo del toro a nivel mundial.
-De hecho su fotógrafa es francesa y está preparando un libro.
-Sí, me ha seguido durante un año para plasmar la vida de un torero durante una temporada.
-Francia es una puerta abierta a Europa.
-Francia es un ejemplo, la afición es tremendamente seguidora, llena todas las tardes de feria la plaza; tiene una pasión desmedida, se entrega y muestra muchísimo interés por el toreo y su cultura.
-¿Qué opina de los reglamentos autonómicos? En el País Vasco, por ejemplo, se le da potestad al presidente para decidir si un torero sigue o no en la plaza una vez herido.
-Está bien que se vayan modernizando los reglamentos, pero hay cosas que no se pueden admitir. El toro no es una ficha de dominó. Y el tema de que un médico te tenga que examinar al hacer el paseíllo y pueda decidir si toreas, cuando el que más temes por tu vida eres tú… Esa responsabilidad debe ser de uno.
-Ante los antitaurinos de Barcelona, ¿qué hacemos?
-Bueno, eso es cuestión de respeto. Nosotros respetamos a quienes no le gustan los toros. Esta gente debería respetarnos o al menos informarse antes de opinar. Nunca insultar.
-¿Para qué hay que tener vergüenza torera?
-Para llevar a cabo tu forma de pensar. En esta vida si no eres tú mismo eres una copia de algo. No hay que dejarse engatusar.
-¿Y cuáles son sus principios?
-Lo más importante es la gente que me rodea y me apoya, que en el fondo son los que me aguantan mis cambios de humor...
-O sea, que es consciente que vivir al lado de un torero no es nada fácil.
-No. Ser novia o mujer de un torero es muy difícil, porque tienes que comprenderle muy bien, ponerse en su piel. Los toreros sentimos estrés, presión, miedo... Nos estamos jugando la vida a diario y se te pasan muchas cosas por la cabeza. Convivir con un torero no es fácil, somos muy nuestros y a veces nos evadimos del mundo. Las personas que nos acompañan, a parte de ser muy inteligentes, tienen que sabernos aguantar.
-¿A qué le tiene más miedo, al toro o al propio miedo?
-Al propio miedo, lo del toro es más miedo físico. Lo que te hace más daño es el miedo al fracaso, a no estar a la altura. Todo esto te come por dentro. Por eso la preparación es tan fuerte, tanto física como psíquica. Es la que te ayuda a vencer al miedo.
-¿Qué sintió hace un par de años en su bautismo de sangre?
-Fue en Alicante. En el momento de la cornada, mucha rabia. Quise seguir toreando. Luego, dudas. Pero son cosas que tienes que superar.
-Todo el mundo se pregunta de qué están hechos los toreros.
-Sobre todo, de ilusión. De deseos por volver a torear. Esas ganas aceleran la recuperación.
-Viene de familia acomodada, empezó Veterinaria, pero se decantó por jugarse la vida todas las tardes, ¿por qué?
-Bueno, eso viene implícito, no lo pienso. Lo hago para disfrutar y sentirme bien, y hacer disfrutar a los demás. Mi fin no es otro que llegar lo más alto posible y marcar una época en el toro.
-¿Por qué más se jugaría la vida?
-Pues por nada. Hombre, por la gente que amo, pero por nada más.
-Al ser torero se presupone que es valiente, pero ¿le tiene miedo a algo?
-Bueno, a las culebras. Me dan vértigo.
-¿Es creyente?
-Sí, viajo con una capilla enorme.
-¿Cree en los milagros?
-Sí, pero pienso que los milagros hay que trabajárselos. Nada ocurre por casualidad.
-No ha abierto todavía la Puerta del Príncipe ni la de Madrid...
-Son dos espinitas que tengo clavadas. Son mis dos sueños por cumplir.

 


«Temo más al propio miedo que al toro»

Por Verónica Zabala. Fotos: Joséphine Douet

El diestro vuelve a España tras su triunfal gira americana: ha indultado
un toro en Venezuela y ha recibido las mejores críticas en Bogotá, donde salió a hombros junto a José Tomás