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Es una pena que esta crisis se esté cebando con dos sectores tradicionalmente motores de la economía española como lo son la construcción y el turismo. Ahora hablamos mucho y mal de la construcción, igual que del turismo, pero hay que reconocer que gracias a ambos España ha pasado de ser un país casi subdesarrollado, a uno de los más avanzados de Europa. En muy poco tiempo. Porque si en los años 60 no éramos turísticamente casi nada, cuarenta años después estamos consolidados como una potencia mundial en el sector, la segunda más importante del globo en concreto. Tan es así que hemos pasado a despuntar en el top de la mejor restauración, el mejor servicio y la mejor hostelería. Tenemos hoy cadenas hoteleras que son auténticas multinacionales implantadas en medio mundo, con maravillosos resorts a la altura de los mejores. Firmas como Meliá o Barceló, Riu o Iberostar, despuntan en numerosos países en los que el turismo emerge con fuerza propia. Cuando visitas uno de sus palacios del ocio y el descanso no puedes más que descubrirte ante el encanto de una arquitectura hotelera con sello de calidad español que es hoy por sí sólo un elemento de distinción mundial. Es cierto que en ocasiones uno podría preferir hoteles más pequeños o exclusivos, pero eso no quiere decir que se deje de reconocer la excelencia de lo anterior.
Valga esta reflexión a propósito de mi última experiencia con una cadena española puntera como Meliá. Tuve la ocasión de visitar recientemente el nuevo Gran Meliá Palacio de Isora, al sur de Tenerife, ubicado en una zona climáticamente privilegiada por quedar al amparo del Teide y Los Gigantes, junto al pueblito de Alcalá, en una zona en la que sale el sol casi todos los días del año, con temperaturas medias de veintiún grados y vistas fabulosas al mar y la montaña, a las cercanas islas de La Gomera y La Palma, perfectamente dibujadas en el horizonte en los días despejados.
Si bien es cierto que prefiero casi siempre los hoteles coquetos, debo decir que este nuevo Meliá me gustó bastante por lo contrario: por su amplitud de galerías y jardines, sus cinco restaurantes tentadores, entre ellos el Calima de Dani García, y por supuesto las piscinas. Me gustan mucho las piscinas porque me encanta nadar. Cuando voy a un hotel lo primero que pido es ver la piscina, pues siempre que puedo aprovecho para hacer unos largos. Quizás me guste más nadar en el mar, es verdad, y hay que reconocer que en este hotel tienen un mar de arenas pedregosas poco apetecible, pero en cambio las piscinas son insuperables. Cinco piscinas de agua salada, ligeramente calentada para evitar las sensaciones frías del invierno. Especialmente la piscina principal, de un kilómetro de largo, diseñada por el arquitecto Álvaro Sanz para confundirla con el Atlántico. Disfruté de ella durante mi estancia, especialmente al atardecer, y la ausculté cruzándola de arriba abajo, de izquierda a derecha, de norte a sur. Tengo comprobado que la natación ejerce un efecto sedante sobre mis nervios, y esta inmensa piscina principal del Palacio de Isora te deja física y emocionalmente aplacado, con unas ganas irrefrenables de comer y descansar.
El otro aspecto que me gustó del moderno Meliá Isora fue su magnífico servicio Red Level, privado y exclusivo, con atención preferente e independiente, que te hace estar en un pequeño pero completísimo hotel dentro del gran hotel en el que te alojas. Meliá ha apostado por el rojo como color de la cultura española, con servicio redglobe y redcarpet, destinado sin duda a convertirse en un ejemplo de lujo con estilo moderno y de vanguardia.

* Director de comunicación y publicaciones de La Razón

 

 


Piscinas como mares

por José Antonio Vera