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La noche aquí llega temprano. El río, viejo río que ya lo quisiera yo para mis sedientas tierras murcianas, baja pausado y señorial para ser acariciado por los canales de la «petite France». Ya con la noche cerrada me dejo llevar por ese laberinto de callejuelas arrancadas de una historia fecunda. Las luces vencen a las sombras. Francia será un país laico pero pocos celebran como los franceses la Navidad. El cielo está encapotado y lluvioso pero lo cierto es que al final lo que nos sorprende es una fina nevada. Coches no hay demasiados. Tranvías, los suficientes. Estrasburgo es una ciudad sin prisas. Una ciudad de nivel. Estrasburgo te invita a andar. La historia te contempla.
Lo habitual es acudir a Estrasburgo en reclamo de una visita oficial o institucional. Lo digo porque esta bella ciudad alsaciana, en la frontera franco-alemana, sin ser capital de estado es, a imagen de Nueva York, Bruselas o Ginebra, sede de importantes instituciones. Estrasburgo alberga al Consejo de Europa y su Asamblea Parlamentaria y al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, Parlamento Europeo y la oficina del Defensor del Pueblo Europeo. Pero cada vez es mayor su reclamo turístico. La bella Alsacia. Y sus bellas cercanías: Colmar, Friburgo, Baden-Baden.
Y luego está su catedral de Notre-Dame en pleno centro de la ciudad y muy cerca de la esplanada donde se celebra desde la Edad Media el tradicional Marché de Noël o mercado de navidad. Gótica de origen merovingio. Impresionante. Las obras que el hombre es capaz de levantar buscando a ese Dios que vive en su interior. Me he acercado a su torre campanario de casi ciento cincuenta metros de altura y he puesto las yemas de los dedos sobre la que fue obra arquitectónica más alta de occidente durante muchos años. La nave central y el frontispicio. El rosetón, como elemento central de simetría. Y la galería de los apóstoles, como atractivo grupo escultórico.
Estrasburgo merece la pena. Visita recomendable.

 

 


Estrasburgo

por J.A Ruiz Vivó