El infatigable Mark Twain, escritor, viajero y conocedor de mundos, dijo una vez: «Dios creó primero Isla Mauricio y después el cielo». No fue el único. Sesenta años antes, el siempre irreverente Baudelaire encontró allí el amor que serviría de inspiración para componer su primer poema, «A una dama criolla», sentado bajo el sol del jardín de Pamplemousses. Conrad, Darwin e incluso el actual Premio Nobel de literatura Jean-Marie Gustave Le Clézio, la consideraron lo más cercano al paraíso en la tierra. No era para menos. Esta isla de belleza salvaje, situada al Este de Madagascar, es uno de los países más bellos e inspiradores del mundo. Una isla de hedonistas, artistas y poetas cuya riqueza bebe de diversos mundos.
Rodeada de una barrera coralina, las aguas de Isla Mauricio son cálidas, exuberantes en fauna y flora. Aunque podemos encontrar interminables playas de arena blanca como las de Belle Mare, son las playas salvajes, las de belleza casi virginal las que atesoran los acantilados y arrecifes más espectaculares.
Port Louis, su capital, se alza como una ciudad de contrastes, un magnífico crisol de culturas cuyo corazón late a ritmo de sega, el baile tradicional mauriciano. En ella, chinos, hindúes, cristianos y musulmanes conviven pacíficamente pintando la ciudad con el color de sus bellos templos, fiestas y desfiles. Junto con la gran Bahía, es la zona donde se desarrolla la mayor actividad comercial de la isla. Visitar las calles, mercados y gentes de la que han llamado «ciudad de los artistas» es una de las excursiones más apasionantes entre las muchas que ofrece este país del continente africano.
The Grand Mauritian Resort & Spa
A sólo 15 km. de la capital, al Noroeste de la isla, se encuentra The Grand Mauritian Resort & Spa, un hotel de cinco estrellas de la cadena Starwood. Éste, que abrió por primera vez sus puertas el pasado mes de julio, es el segundo que inaugura la cadena en la isla tras Le Méridien. Sus 193 habitaciones, distribuidas en 15 villas, abrazan la belleza del espectacular entorno, repleto de jardines, cascadas de agua y el inmenso océano.
Las habitaciones, diseñadas conforme a la estética tropical de la isla, han sido construidas en madera balau, típicamente mauriciana. Todas ellas se alzan como cabañas individuales desde cuyos balcones se puede divisar las apacibles aguas de la Bahía de Tortuga. El interior presenta una estética más modernista con televisión por cable de pantalla plana, bañera de hidromasaje y balcón privado.
El Resort cuenta además con un gran abanico de actividades para disfrutar al máximo de sus vacaciones. El Madara Spa es un lujoso refugio ideal para estimular todos los sentidos. En él podrá recibir tratamientos y masajes como el Mandara, de origen balinés y realizado a cuatro manos por nativos del país.
Las dos canchas de tenis o el centro fitness, con modernas instalaciones de entrenamiento, salas de vapor, sauna y jacuzzi, le ayudarán a mantenerse en forma antes de rendir homenaje al paladar. Y es que la variedad de restaurantes armoniza elegantemente la plural gastronomía del país. En Brezza, Seasons o Refrections podrá degustar deliciosos platos típicamente mauricianos y especialidades exclusivas del hotel.
Pero no todo se reduce a la estancia en el resort. Para los que quieran vivir aventuras y disfrutar al máximo de la isla, el hotel dispone de un servicio de actividades fuera del recinto. Con Blue Safari puede cenar a bordo de un submarino o vivir la experiencia, única en el mundo, de conducir una moto bajo las profundidades del mar. Si lo que quiere es disfrutar del paisaje mauriciano, Ciel & Nature ofrece paseos a caballo, bicicleta o quad por las rutas más salvajes y bellas de la isla.
Y es que Mauricio es uno de esos lugares que parecen ideados para permanecer en la memoria del tiempo. Un paraíso absorbente, sobrecogedor, en el que nada está abocado al olvido. Destino final de todos aquellos que un día emprendieron un viaje en busca de inspiración y palabras, y encontraron consuelo ante la idea de no llegar a conocer nunca el cielo. Al fin y al cabo, siempre les quedaría Mauricio.
Por Helena Alcalá

