Fermín J. Urbiola ha trazado, al menos, su sonrisa, aquella que, como reza su libro, cautivó a España, una biografía en la que pone luz y taquígrafos sobre 70 momentos cruciales en la vida de Doña Sofía, momentos que, por su condición de Reina, soportaron el escrutinio de millones de ojos, pero que, al refugio de su corazón, fueron objeto de «grandes alegrías y grandes tristezas porque, no por ser Reina, se deja de sufrir», explica el presidente de Urbiola Comunicación.
Nació princesa de Grecia y Dinamarca, fue princesa de España, vivió el destierro de su familia y también los difíciles años de la dictadura y, tras la muerte del General Franco, se sentó a la derecha del Rey como Reina de España. De entre 200.000 fotografías que apresaron el exilio de sus padres, su coronación ante los españoles vestida de rosa o la larga noche de transistores y militares al mando de Tejero, Urbiola ha elegido las que mejor definen a una Reina y las que mejor delinean y trazan su rostro, «el de una gran mujer que tiene muy claro su cometido en la vida: mujer, esposa, madre, abuela. Y Reina».
Y es que, como afirma el periodista y escritor, nada mejor que la cara de una reina para reflejar un alma con virtudes regias. Un rostro «sereno, feliz, que no es así por casualidad, si no que es fruto de una trayectoria de alguien que se ha entregado y sacrificado a los demás».
¿Entrega? ¿Sacrificio? ¿Virtud? No parece que éstos sean valores que coticen a la alza en la Bolsa o, mejor dicho, en los luminosos de la avenida de las televisiones. Parecen más historias de otros tiempos. Y de eso mismo ha sido acusada Doña Sofía cuando se ha descubierto que, además de Reina, era ser pensante. «¿De verdad que alguien se ha podido extrañar de que la Reina pudiera tener esas ideas?», se pregunta Urbiola, y Sabino Fdez. Campo, en su prólogo, responde: «Si lo ha dicho la Reina, yo estoy con la Reina». Palabra de Reina, entonces.
Por Luis Nemolato Foto: Raquel Tous
