En 2005 el viento huracanado del Katrina asoló Nueva Orleans. La ciudad todavía sufre las secuelas. Las semanas previas a la catástrofe los servicios metereológicos advirtieron a la población sobre la virulencia del ciclón. Pero pocos se lo tomaron en serio. La catástrofe fue de dimensiones bíblicas. Las casas volaron por los aires. El centro histórico, lleno de cafés dedicados al mundo del jazz, desapareció o quedó gravemente dañado. Miles de negocios fueron a la ruina y tuvieron que cerrar.
Los periodistas económicos nos hemos pasado los últimos años predicando en el desierto. Las cifras hace tiempo que no cuadraban. En España se construían cada año más viviendas que en toda Europa junta. Los créditos se contrataban con la misma alegría como si jamás se tuvieran que devolver. Los precios de la vivienda subieron a las nubes, muy por encima del poder adquisitivo de la gente. El déficit con el exterior llegó a superar al de Estados Unidos. Y, en fin, un montón de barbaridades cuya penitencia pagaremos durante los próximos años. Entretanto, el Gobierno permaneció cruzado de brazos, como si la fiesta fuera a durar siempre. Las víctimas del Titanic también anduvieron de celebración la misma noche del naufragio. Zapatero proclamó en los días previos a las elecciones del 9 de marzo pasado, que el superávit de las cuentas públicas iba a alcanzar el 2 por ciento del PIB. Había dinero de sobra para todo. Hasta el Banco de España, que ahora pide cambiar los Presupuestos Generales porque no reflejan el estado calamitoso en el que está el país, aplazó entonces los informes que apuntaban ya hacia un descenso de la economía. La pesada maquinaria de propaganda de Moncloa se puso en marcha para maquillar la realidad. La crisis, según ésta, era sólo una amenaza en la mente calenturienta de la oposición y de unos cuantos periodistas que, presuntamente, jugábamos a la contra.Sólo unos meses después, se ha visto que no era sí. El excedente de las cuentas públicas se ha tornado en un déficit superior al dos por ciento del PIB. El desempleo se ha desbordado hasta casi los tres millones de parados. Las bolsas se han desplomado por temor a que la dificultad se quede con nosotros durante la próxima década, y la política económica sigue caracterizada por dar palos de ciego, más propios del Lazarillo de Tormes que del vicepresidente Pedro Solbes.
Me hubiera gustado aprovechar esta tribuna que me ofrece la directora de «Caracter», Verónica Zabala, para auspiciarles un buen año, pero mentiría. 2008 se ha hecho ya un hueco en la historia de la humanidad. Marcará el comienzo de una nueva era en la manera de pensar y de hacer las cosas. No se debería volver a permitir que los bancos de inversión revendan el presunto rendimiento de un crédito hipotecario varias veces seguidas, sin que el consumidor se aperciba que, en realidad, está adquiriendo humo. Es necesario refundar el capitalismo para hacerlo más humano, para que la ética recupere el espacio perdido.
El nuevo año 2009 no va a ser mucho mejor que 2008. Para ser sincero, va a ser mucho peor. Se va a incrementar la destrucción de empleo, la mayor preocupación en estos momentos de las familias españolas, el cierre de empresas, y van a continuar las restricciones para obtener un crédito. Existe, además, el peligro de que el Estado lo invada todo y que vuelva a convertirse en el principal gestor de nuestra vida cotidiana. Los mercados, sobre todo los financieros, han gozado de una libertad excesiva. Pero ello no se resuelve regresando al pasado, sino yendo al futuro. Son precisos organismos independientes de verdad, que supervisen de cerca las actuaciones de esos mercados financieros y de otros bienes, pero sin caer en el intervencionismo.
Ésta también es una crisis de liderazgo. Faltan personajes que sean una referencia para los demás. Hay gobernantes como George Bush, que nos condujeron al desastre, y otros como Nicolás Sarkozy, que son un caos andante. Existe, además, una gran incertidumbre sobre cómo actuará el nuevo presidente de EE UU, Barack Obama. No querría preocuparles más de lo que ya estén o aburrirles con demasiados números y moralina. Así que lo mejor es que disfruten de las pequeñas cosas de la vida y de las Navidades, los reencuentros con la familia, las escapadas en vacaciones... El invierno es una estación sosegada, en que hasta la naturaleza se toma un respiro para volver a renacer con fuerzas en primavera. ¡Felices fiestas!
* Director de El Economista

Un año inolvidable
por Amador G. Ayora
