En otra época, hace treinta o cuarenta años, cuando aún no había sido construida la autopista 40, Peach Springs fue un pueblo con mucha vida y movimiento, pues su calle principal era la mítica Ruta 66, y por allí había que pasar necesariamente para entrar desde Arizona en Las Vegas o hacia California. Hoy las cosas han cambiado mucho en esta villa en la que apenas hay unas decenas de casas con comercios viejos, muchos de ellos cerrados, talleres antiguos de coches y los restos de una gasolinera con surtidores de museo de los que ya no se fabrican. Levantada dentro de una reserva india, la de los Hualapai, relativamente cerca del Río Colorado, en el mismísimo Gran Cañón, Peach Springs ha sido claramente perjudicada por el progreso. O quizás beneficiada, pues de ser un sitio ajetreado se ha convertido en un remanso de tranquilidad. Tal vez demasiada tranquilidad, en opinión de sus vecinos, indios auténticos como los de las películas del Far West, sólo que modernizados en aspecto y vestuario.
Pasé por Peach Springs el verano pasado y tengo que decir que es lo que más me gustó de un viaje en coche entre Arizona y Nevada. La ruta 66 está por aquí deteriorada, con escasez de asfalto en el suelo y además no la utiliza casi nadie, pues todo el tráfico ha sido desviado por la autopista 40, que la deja a un lado. De manera que para ver a los Hualapai tienes que ir expresamente a su encuentro a través de una carretera recta casi inacabable de esas que abundan en las películas americanas. Te salen al paso cientos de mariposas blancas que revolotean mientras avanzas al paso lento que por aquí permiten las autoridades de tráfico. Hasta que llegas al lugar: una calle desierta atravesada por una carretera por la que pasan pocos coches y a la que ahora llegan de vez en cuando autobuses repletos de turistas. No porque vayan al pueblo, sino en dirección al Skywalk del Gran Cañón, un balcón de cristal en forma de herradura que se adentra en el vacío y por el que puedes caminar viendo bajo tus pies 1.200 metros de barrancos. Tal prodigio de la modernidad y de la ingeniería fue construido hace ahora un año por un millonario chino-americano afincado en Las Vegas a quien se le ocurrió la genial idea de hacer que la gente caminara por el aire. Le comentó su proyecto a los Hualapai y éstos dijeron que ni hablar, que querían el Cañón tal cual ha sido siempre, por esta zona muy poco explotado y bastante desértico. Pero el empresario insistió y los dos mil hualapais de la reserva, empobrecidos por el paro que sobrevino a la construcción de la autopista y la práctica inutilización de la mítica ruta, cedieron a las presiones del hombre blanco, que en este caso era amarillo.
El Skywalk del Gran Cañón le ha vuelto a dar hoy vida a Peach Springs. A su amparo se ha construido en el pueblo un bonito motel de carretera (el Hualapai Logde), moderno y cómodo, en el que los indios trabajan y te venden «souvenirs». Y se benefician del negocio de trasladar, durante casi 40 kilómetros por un camino polvoriento, a decenas de turistas que quieren sentir bajo sus pies el vértigo del vacío. Ahora empiezan a tener de nuevo trabajo, y la esperanza de heredar en 25 años el negocio de este balcón de cristal capaz de soportar el peso de setenta aviones juntos y un terremoto de grado ocho, según reza la propaganda.
Particularmente me parece que el balcón de cristal del Gran Cañón es lo menos interesante de todo cuanto rodea a Peach Springs. Caro, turístico y sobreexplotado. Lo que más, ese paisaje irrepetible de Arizona, en donde viven los hualapais desde tiempos remotos. Cuando llegas allí es como si hubieras estado antes cien veces por aquellos parajes. Tal es la fuerza del celuloide.
* Director de publicaciones de La Razón

Viaje a Peach Springs
