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Resulta que llega el finde y te vas al fútbol con tu mujer, tus hijos, tus amigos. Lo haces porque te gusta el deporte, porque te sientes feliz viendo ganar a tu equipo, porque, en definitiva te gusta el espectáculo. Y de pronto, por culpa de una panda de borricos, te ves envuelto en un maremagnun de bengalas, heridos, detenidos, imágenes de niños llorando y el temido recuerdo de la tragedia de Heysel en 1985, en Bruselas. El relato no es una ficción, es la realidad. Y ocurren, están ocurriendo, en cualquier campo y cualquier domingo. La última gran vergüenza sucedió hace unas semanas con motivo del duelo catalán Español-Barça con los tristemente famosos «Boixos Nois», fanáticos para quienes la violencia está por encima del resultado de su equipo. Sucesos que nos traen a la memoria que en el estadio de Sarriá, años atrás, un joven encontró la muerte a causa de una bengala asesina.
La cosa es más seria de lo que parece porque grupos ultras los hay en casi todos los campos. Y en España tenemos nuestras páginas negras. En marzo de 2008, un hincha del Atlético fue brutalmente golpeado por unos bárbaros que portaban palos y hebillas de cinturón. El vídeo fue colgado en Internet. En diciembre de 1998, un aficionado de la Real Sociedad fue asesinado en las inmediaciones del Vicente Calderón.
El caso es que, como te decía, vas al fútbol con los tuyos a disfrutar de un espectáculo placentero y te encuentras con una realidad dramática. Por eso es bueno reflexionar. ¿Existe alguna medida o medidas que puedan frenar la ola de violencia que generan estos grupos? El Comité Antiviolencia debe actuar pronto y con decisión. Y los clubes deben ser los primeros en colaborar detectando a estos grupos, denegándoles entradas, endureciendo las medidas de seguridad en determinadas áreas e imposibilitando trasporte para acompañar a sus respectivos equipos. Los fanáticos han creado esta alarma social. Pero es la sociedad la que debe imponer sus reglas. Para que, entre otras cosas, cuando vayas al fútbol, vayas tranquilo.

 

 


Fanáticos

por J.A Ruiz Vivó