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Muchas otras, en su lugar, se habrían apagado o serían pasto de los efectos más indeseables de la fama. Pero Maribel Verdú parece haberse encontrado, en alguno de esos famosos cruces de caminos en los que el Diablo sella contratos, con la fórmula de la juventud perenne por la que tantas mujeres matarían. Aún tiene en los cines «Los girasoles ciegos». En verano, la Academia de Cine le concedió su medalla y acaba de rodar «Tetro» a las órdenes de Francis Ford Coppola, el filme más autobiográfico del director. Además, ha regredado a los escenarios, a los del Teatro Alcázar, con «Un Dios salvaje», una comedia oscura que las tiene todas consigo para ser una de las sensaciones de la cartelera madrileña: el texto es de Yasmina Reza («Arte») dirige Tamzin Townsend («El método Grönholm») y en escena Verdú se medirá con Aitana Sánchez-Gijón, Antonio Molero y Pere Ponce. Da la sensación de que un tornado llamado Maribel viene soplando fuerte.
-¿Puede decirse que éste es su año?
-Yo valoro los años por lo que me pasa a nivel más personal. Esto es más puramente anecdótico. Es nuestra profesión, y un año tienes la suerte de trabajar con Gracia Querejeta y Gonzalo Suárez y otro, con Coppola y Cuerda. Y ya está. Otros años no trabajo con ninguno...
-Eso me recuerda lo que los jugadores llaman las «rachas», tan temidas y deseadas...
-Es horrible, sí, y yo no quiero hablar de eso porque soy tremendamente supersticiosa. Sí, creo en etapas de tu vida, y a veces dices: ésta está acabada y empiezo otra.
-¿Cómo definiría ésta que atraviesa ahora?
-Es absolutamente exultante. Estoy a la espera de los resultados de mis trabajos. Me gusta mucho mi profesión... y jugar. Francis (Ford Coppola) nos decía: «Lo que nosotros hacemos es el verbo “to play”, que es “jugar”. No hay que olvidarse nunca: esto es sólo un juego». El cine es importante, pero no es la vida. Nosotros comemos de esto, pero hay que aprender a relativizar las cosas: por eso quiero apreciar los años por lo que me ocurre en mis relaciones personales. No por si me dan un Goya o si acabo de rodar con Coppola.
-En «Un Dios salvaje» sale a la luz lo peor del ser humano. Los protagonistas son dos parejas que al principio son muy cívicos, pero luego...
-¡Sí, al principio son muy «polite»!, todo es divino, políticamente correcto. La historia es genial: un matrimonio va a casa de otro porque su hijo le ha dado con un palo al de ellos y le ha roto los dientes. Me parece un tema muy vigente. Los padres empiezan a preguntarse «¿por qué mi hijo, si nunca ha hecho esto, le ha dado al otro?... Alguna razón habrá». Al final salen las miserias de la gente, de matrimonios, como el de Aitana y Molero, que parecen perfectos, pero que tienen vicios ocultos...
-¿Actuar con Aitana es un duelo de actrices?
-Siempre nos lo preguntáis. Aitana y yo hacemos cástings juntas desde hace 25 años, y hasta nuestro queridísimo Gonzalo Suárez, en «Oviedo Express», nadie nos había unido. Bueno, en «Segunda enseñanza» ella hacía un capítulo, yo otro... Pero no coincidíamos. Aitana es una enamorada del teatro, yo también, y siempre decíamos: «Tía, tú y yo tenemos que hacer algo juntas». Apareció este texto y pensamos: «A por él de cabeza». Está siendo un disfrute, porque Tamzin es de las directoras a las que les gusta jugar, investigar... Si unas mujeres se llevan bien, no hay nada parecido.
-Mójese: ¿cine o teatro?
-El cine es mi vida: me apasiona, me vuelve loca. Pero todavía me gusta más el teatro. Cuando llevo una temporada como ésta, sin parar de rodar, sólo me apetece hacer teatro. Yo, al contrario que mi personaje en «Siete mesas de billar francés», soy de las que mi pasado lo dejo en un rincón y no quiero saber nada de él. El futuro tampoco me preocupa. Me interesa el presente: estar aquí, tomar el cafelito, disfrutar de la entrevista... Si no, te ahogas con el mañana, con lo que te espera, y empiezas con los lexatines. El teatro es como yo: es el ahora. Para un actor no hay nada parecido a esa soledad.
-Parece una persona práctica. ¿Qué más es? ¿Se definiría como tenaz, cabezota, alegre, melancólica...?
-Soy terriblemente pragmática... No fuerzo los límites: tenaz y cabezota, sí, pero hasta donde sé que se puede ser: lo demás es ser imbécil. No puedes luchar por cosas que sabes que no vas a conseguir. ¡Alegre, por supuesto! De hecho, cuando estoy tristona todo el mundo me dice «¿qué te pasa?», se me nota. Me gustaría que algún día digan: «¿Recuerdas cómo nos reíamos con Maribel?». Luego, lo de buena gente... Eso es mejor que lo digan los demás. Pero sí me gusta hacer la vida fácil a quien me rodea.
-¿Con qué papel se siente más cercana?
-Quizá el único de todos los que he interpretado en mi vida, y que soy yo en un 95 por ciento, por no decir más, es el de Ángela en «Siete mesas de billar francés».
-¿Cómo es Coppola?
-Acabo de recibir un «e-mail» suyo en el que me cuenta que viene a rodar a Alicante y me desea mucha suerte para la función. Me dice que va a ser una experiencia fantástica y que de todo se aprende si tú sabes sacar algo de ello... Es un ser cercano. Los cinco primeros minutos no, pero luego te olvidas de que estás enfrente de él.
-¿Cómo se fijó en usted?
-Por «El laberinto del fauno» y «Y tu mamá también». Y había visto también «Amantes» y «La buena estrella».
-¿«El laberinto del fauno» y «Y tu mamá también» han sido un punto de inflexión?
-Ha sido más «El laberinto...», pero porque los que la han visto no se podían creer que fuese la misma actriz de «Y tu mamá también». Una sin la otra no sería igual. Una, triste, la otra, la cachonda.
-¿Le tienta Hollywood?
-Cero. A mí me tientan las historias buenas, vengan de donde sea. Yo a vivir a Hollywood no me voy a ir de ninguna manera. Iré siempre que haya una historia o un tipo de cine que me atraiga.
-Pero aquello es como un imán, hay tantos actores que dan el salto últimamente...
-Por supuesto, pero es que yo soy vaga y poco ambiciosa. Lo que me gusta es estar en mi casa, con mis amigos, hacer mi teatro... Rodando con Coppola me han ofrecido una serie de cosas... Pero ni de coña voy a dejar esto. Me apetece mucho seguir con lo que hago y tomarme las cosas con tranquilidad.
-Con tanto rodaje, teatro... ¿De dónde saca las energías? Hay quien hace yoga, taichí…
-Yo duermo como un oso. Descanso genial, nueve horas todos los días. Antes de apoyar la cabeza en la almohada estoy frita.
-Da la sensación además de que tiene buen apetito y le gusta la comida...
-Mucho, pero no soy nada cocinera. No cocino... ¡Pero me encanta comer!
-Y la buena vida...
-¡Mucho! Por eso mismo, porque me encanta esta vida que llevo, que me parece tan plena, no quiero que mi profesión se convierta en lo prioritario para mí. Me apetece vivir, estar en mi casa de Málaga, tener tiempo libre, y no atarme al compromiso de tener que hacer lo que te piden... Aquí me siento mucho más libre.
-No es de las que aparecen fotografiadas por los «paparazzi». ¿Cómo lo logra?
-Yo llevo años en mi casita, en Málaga... Supongo que si mañana me pillan en top less o borracha en una discoteca, me van a sacar. Cuando digo que soy cero ambiciosa es por lo de ir a Hollywood y esas cosas. Sin embargo, sí que soy tremendamente ambiciosa con mi vida. No soy conformista: quiero buscar los máximos momentos de felicidad. Quiero que las cosas fluyan, que me vayan bien, y me trabajo la relación en pareja, y las relaciones con los amigos...
-¿Cómo lo hace para estar tan guapa, tanto o más que hace años?
-Dormir bien, intentar sonreír a pesar de muchas veces no querer, y un equilibrio en tu vida. Bueno, y soy una loca de las cremas: ¡Me lo pongo todo! Cremas, mascarillas, «peelings», todo... Y luego la genética es muy importante. De todas formas, yo intento cuidarme, dentro de lo posible.

Por Esteban Eichman / Fotografías: Raquel Tous


«No me gusta el pasado ni el futuro: el teatro, como yo, es el presente»

La actriz posa con vestido crêpe de
seda de MIGUEL PALACIO y
colgante de BÁRCENA