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Aseguran los que de esto saben (que no sé si son muchos, al menos en esta Europa empeñada en interpretar con anteojeras la realidad americana) que las elecciones de EE UU se van a decidir este año en el Oeste. La demografía está cambiando la realidad americana, dicen. Y el Oeste -sentencian- se ha poblado de hombres que ya no son «hombres del Oeste». Al fin y al cabo, ha llovido desde que Horace Greeley acuñara su célebre «Go West, young man», motor moral de una nación en ciernes que forjó el carácter individualista, audaz y emprendedor al que obligaba la frontera.
Desciendo en coche por la 163 US rumbo a Arizona. En el horizonte del desierto emerge un perfil majestuoso. Nunca he visto un skyline tan inmenso. Y tan limpio. Con el cielo abierto de par en par. Es Monument Valley. La tierra de John Ford. El lienzo más bello del Old West. Creía Ford que América y la democracia surgieron del encuentro entre naturaleza salvaje y civilización. No encontró mejor lugar para simbolizarlo. Monument Valley guarda la esencia del pasado, cuando voluntades indómitas se abrían paso -con violencia, sí- en un entorno virgen, tan hermoso como hostil. A plena luz del día, bajo un cielo azul, los mitones se yerguen orgullosos. Auténticos colosos de piedra roja sobre una meseta arenosa abrasada por el sol.
Como Jefferson y Hamilton, Adams y Madison, Ford es uno de los Padres Fundadores. Redactó su particular «We, the people» en este escenario permanente, implacable, sagrado. Y nos lo legó para siempre en «Centauros del desierto», «Fort Apache» y tantas otras películas expresión de su América idealizada: una comunidad democrática de iguales unida por un propósito compartido. Monument Valley evoca la epopeya de hombres valientes y corajudos. También de tipos como Ethan Edwards: dispuestos a abrir un sendero a la civilización, pero incapaces para quedarse a vivir en ella. Ride Away.
Es recorriéndolo al atardecer cuando Monument Valley muestra la belleza de la nostalgia. La de un mundo que fue y ya no es. En casa de los Goulding, pioneros del valle, entiendo la melancolía que tiñó los últimos westerns de Ford. Los hombres necesarios para dominar el desierto terminan siendo hombres que funcionan sólo en el desierto. El avance de la ley y la modernidad les extermina. Y Ford decide imprimir la leyenda.
Ahora que los americanos se disponen a elegir presidente y los analistas miran al «nuevo» Oeste, en Europa celebramos que aquella tierra ya no sea propiedad de colonos aferrados a la Biblia y el revólver. Confiados en el vuelco demográfico, nos aprestamos a brindar por la victoria del candidato que no es «un hombre del Oeste». Nos sobra arrogancia. Así es imposible entender. Cuando en 1890 el catastro estadounidense anunció que ya no quedaban más tierras libres por colonizar, el Oeste dejó de ser una meta geográfica. Pasó a ser una promesa. El Oeste es la promesa americana. Ésa «que nos impulsa adelante aun cuando el camino es indefinido, que nos une pese a nuestras diferencias, que nos hace fijarnos no en lo que se ve, sino en lo no visto, ese lugar mejor a la vuelta de la esquina». La frase es del candidato que no es un «hombre del Oeste», pero expresa la misma idea que puso en marcha a los pioneros de Utah, Colorado o Arizona. Y antes, a los colonos de Nueva Inglaterra. Es la idea que levantó América: todo hombre tiene derecho a la vida, la libertad... y la búsqueda de la felicidad. Aun en lo desconocido. Go West!
Abandono Monument Valley, rumbo al sur. Lo recordaré como lo he visto. Como ha sido siempre: vasto, inmutable, eterno. El Oeste, en América.

* Director de Informativos de Telemadrid

 

El Oeste, en América
por Agustín de Grado